“Por si acaso”
- Mauricio J. Navarro-Bulgarelli

- 22 mar
- 2 Min. de lectura
En el corredor de la casa estaba mi abuela, como todas las tardes, sentada en su mecedora con su rosario rosado que alguien le había traído de Roma.
“Huele a rosas del Vaticano”, siempre nos decía… pero la verdad, a mí ya no me olía a nada.
Por no llevarle la contraria, siempre le decíamos que sí.
A la par de ella, como casi siempre, la otra mecedora vacía… esa era su fiel compañera, sobre todo en esas oraciones matutinas y vespertinas.
Por alguna razón, ese día se me metió el agua, y me le acerqué en silencio y me senté en la mecedora contigua a ella.
Mi abuela alzó la mirada sin interrumpir sus oraciones, que eran apenas perceptibles. De hecho, yo sabía que estaba rezando, más que todo porque sus labios no se paraban de mover de manera armoniosa. Me miró, me sonrió, y elevó un poco la voz.
—“Dios te salve María, llena eres de gracia….”
—“Santa María, madre de Dios” —le respondí—, “ruega Señora por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén…”
Creo que la agarré como por el tercer misterio, porque no se me hizo tan larga la rezadera.
Al final me llamó mucho la atención una de sus últimas oraciones:
—“Te pedimos Madre por tu santísima intercesión por medio de este santo rosario por las benditas almas del santo purgatorio…”
Me sorprendió bastante que mi abuela rezara justamente eso, pero por respeto no le dije nada en ese momento. Esperé pacientemente a que terminara todo el rosario.
Apenas tuve la oportunidad, le dije con tono un poco de reclamo:
—Pero abuela, ¿no es que usted no cree que exista la vida después de la muerte?
—Así es, yo creo que acá se acaba todo, me respondió con una voz que irradiaba paz.
—Pero… ¿y entonces?: ¿por qué reza el rosario por las benditas almas del santo purgatorio?
Y de manera casi automática me respondió:
—¡Por si acaso!
Y las dos nos morimos de risa. Ella alzó los dos brazos como pidiéndome un abrazo y me dijo:
—¡Venga para acá mi chiquillo!
Yo me le acerqué de un salto y la abracé con todas mis fuerzas.
—¡Te amo!, —me dijo con los ojos un poquito aguados—, y no importa adonde esté o no esté después de que me toque irme, siempre vas a poder sentir el abrazo de esta viejita en tu corazón.
—Pero abuela, ¡yo a usted no le voy a rezar ningún rosario de esos, porque son muy largos!
—Yo sé que no, con que me devuelvas el abrazo en tu corazón, me daré por satisfecha.
Y en ese momento sentí dentro de mí un olor a rosas, no venía del rosario, tampoco del cuerpo de mi abuela, y mucho menos del jardín. De hecho, no diría que lo olí, diría más bien que lo sentí.
Fue raro, pero no me dio miedo. ¡Qué va! Al contrario, en los abrazos de mi Tita, siempre me siento seguro.
In memoriam
Mauja Nabu
Setiembre, 2022.





Me encantó el relato, lleno de tradición y cariño, de esos que se quedan viviendo en el corazón.
A veces uno no cree en todo, pero igual hace cosas “por si acaso”…, no por miedo, sino por amor.
Y al final, más allá de cualquier creencia, lo que realmente permanece es el vínculo.
Y el detalle del olor a rosas no se explica, se siente, como los abrazos que nunca se van.
Mauricio, gracias por compartir este hermoso recuerdo!
Saludos!